Hacía calor, demasiado calor. Él se sentó al lado de la
ventanilla con la esperanza de poder refrescarse aunque sea un poco. La brisa
forzada le chocaba contra la frente y despeinaba los mechones mal cortados.
Tenía el cabello un poco largo y la barba algo crecida, una señal de abandono
para rebelarse contra el peluquero y su reciente ex novia.
Un par de asientos atrás, ella lo miraba peinar su bigote
colorado, mientras calculaba cuantos minuto tardaría llegar a destino. El
tiempo la apremiaba. Debía llegar a clases junto con su falda, sus labios rojos
y lo que le quedaba de puntual.
El colectivo avanzaba rápidamente por la ciudad y ellos se
mantenían conectados por la mirada de aquella muchacha. Ella no imaginaba ni
una vida perfecta con aquel colorado, ni un romance de película como tantas
otras ilusas. Apenas si esperaba un contacto, un roce de aquellos ojos perdidos
en la avenida, algo que la hiciera desear todo lo que no esperaba.
Y de repente sucedió, el joven se levantó del asiento y se
bajó del colectivo sin siquiera levantar la vista del suelo, arruinando así
cualquier ilusión ajena.