Azul Ultramar
“La primavera no representa ninguna alegría, no todas las flores florecen con ella.”—Llévatelo, no me interesa conservarlo. Anda, vos que si sos mejor, que no tienes ningún otro problema que no sea el maldito miedo a tus padres.
Las ironías, creo que fueron sus ironías las que me llevaron a ella, esa forma de mostrarse fuerte ante lo que padecía.
Si lo pienso bien, ocultó absolutamente todo tras delirios e historias raras, de cómo sus padres la odiaban, de cómo el idiota de su novio era un magnífico artista, o trataba de serlo, aunque era obvio que el tipo le tenía pena y hasta se sentía culpable de no poder ayudarla. Por eso se quedaba con ella, para ver si podía hacer feliz a una chica con demasiados problemas emocionales y así sumar algo a la lista de inútiles logros.
Pero volviendo a lo cierto, ella se mantenía gracias a sus inventos porque no podía soportar el solo hecho de sentirse tan vacía y desdichada sin motivo aparente, dejando como el único victimario a algún tipo de trastorno, enfermedad mental o vaya a saber que, algo que sería muy acertado si se considera lo que inventó sobre su hermana después del accidente…
Pero en fin, entre ironías y gritos, ella me clavaba la mirada, casi como apuñalándome o amenazándome con hacerlo si no sacaba de su vida a aquel cuadernillo
—No me voy a ir, deja de decir estupideces y escúchame aunque sea por una vez
— ¡Qué te vayas de mi casa, por un demonio!
No la recuerdo tan alterada como esa vez, aunque tampoco recuerdo que su voz no se quebrara con cada palabra. Era casi evidente que si no me iba al cabo de unos instantes empezaría a aventarme todo lo que sus manos pudieran agarrar, además ¿quién era yo para contradecir sus deseos? Nunca fui capaz de contradecir mis miedos y admito que en ese momento ella me asustaba. Así que no me quedó más remedio que darme la vuelta e irme, aunque por una veta de orgullo dejé el cuaderno sobre la cama, el cual, como supuse en los instantes anteriores, voló desde sus manos hasta mi nuca mientras ella seguía gritando que me lo llevara, ni hablar de que le hice caso.
Esa fue la última vez que vio el cuaderno, al menos hasta que volvió luego de tanto tiempo a buscarlo, solo que ya no era ella, no era la Eugenia que recordaba.
Fragmento de La Bruja de los Colores, una de las historias jamás contadas, una de esas que nunca escribiré