No puedo dejar de pensar ¿Qué demonios está pasando? Digamos
que es una vieja, quince años no es poco. Aunque me siento tan apegado a ella, a
esa tenue sonrisa, a su aroma a café, a sus ojos marrones delineados por
gruesas ojeras. Hay momentos en los que me pregunto si serán moretones, manchas
de nacimiento o vaya saber qué, sin embargo solo concluyo que son cicatrices,
cicatrices de aquellas historia que se niega a contarme, las que han vuelto sus
ojos más oscuros de los que ya son.
Me siento estúpido, muy estúpido. Podría haber buscado una chica
de mi edad. Estúpido, estúpido, estúpido. Como si fuera a lograr algo más que
sentirme reflejado en ella, en su sonrisa, en sus manos inquietas, en la forma
que se acaricia las cejas cada vez que la migraña le es insoportable. No sé, me
siento un imbécil pensándolo y destacando cada cosa en ella, sobre todo si no
es nadie… No es absolutamente nadie. Y aunque lo fuera, no dejaré que
transforme en algo más importante que solo una chica que vive al lado, que solo
vuelve a casa después de las nueve para desaparecer por la mañana, amenazando
con nunca más volver.
Sinceramente soy un estúpido, un simple niño estúpido.
Fragmento de El Cuaderno Azul, una de las historias jamás contadas, una de esas que nunca escribiré.