martes, 26 de noviembre de 2013

Sonrisas


Salió de lo profundo de su colchón para encontrarse en la penumbra con  las curiosas miradas de las tablas de machimbre que cortaban el techo. (¿Sabes lo que dicen sobre esas miradas?) El colchón ya hundido en el centro le hacía preguntarse cuan abajo había llegado ya, solo, cansado, con un par de sonrisas permanente bajo los ojos (Ya sabes, eso de que los años marcan sus burlas como hinchadas ojeras, todos lo dicen).

Si bien nunca le resultó divertido el desvelarse, esta vez (porque hay que variar o sino nos volveremos grises y aburridos) prefirió reír a carcajadas, de esas tan estruendosas que hacen que te salten las lágrimas, de esas que son más sollozos que otra cosa.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Fragmento VI (La Bruja de los colores)

Blanco
“De repente nuestros abismos se llenaron de luces ¿Te imaginas? abismos plagados de luz, plagados de estrella.”
Vi como todo giraba y se destruía al instante. Entre las vueltas las horquillas que llevaba en el bolso se me clavaron en el hombro; el para brisas estalló en cientos de minúsculos cristales que se incrustaron en mi rostro, cuello, manos y toda la piel que estaba desnuda; la portezuela del auto se hundió de tal forma que mi tórax quedó estrangulado por el cinturón. No sé si fue una chapa o alguno más de los vidrios que volaban por todo el auto, pero sé que algo se hundió en mi cuello y comencé a ahogarme. Instantáneamente el tiempo mermó su paso, las luces se hicieron más brillantes tal como si miles de estrellas hubiesen bajado del cielo solo para contemplarnos. Miré a Miguel y le sonreí. El lloraba y creo que también gritaba, pero no estoy segura porque un zumbido no me dejaba oír.

Creo que al final la muerte no es tan horrorosa como dicen. El mundo se vuelve tan bello en ese preciso instante, como si el verdadero momento para vivir estuviera por empezar. Por eso ya no dolía nada de lo estaba pasando, tampoco sentía los gritos de Miguel o de la gente que se acercó corriendo cuando el auto cesó de girar. Ya nada me afectaba, ni el llanto de mi hermana en un par de días, ni los que sentirían un leve vacío al saber que no volverían a verme ni de pasada. Al fin y al cabo sucedía lo que me aterraba provocar, la última cosa que quise estaba funcionando. Por eso no pude evitar sonreírles a las personas que horrorizadas trataban de ayudarnos. No pude evitarlo porque yo estaba feliz.

Fragmento de la Bruja de los colores, una de las historias jamás contadas, una des esas que nunca escribiré