La mujer con perfume a tabaco estira su brazo para recoger la caja de
cigarrillos que está sobre la mesa. La cajita arrugada se ha ido vaciando por
arruinadas manos de largas y amarillas uñas. Los dedos temblorosos toman un
cigarro de su interior y lo acercan a los labios resecos de esta mujer de vista
cansada, justo antes de que un mechero haga la magia en su otra mano. Ella se
distrae por un momento mirando los exámenes que tiene en frente, cuarenta hojas con respuestas variadas, pero
que apuntan a lo mismo que esta mujer ha preguntado en un salón de clases
durante veinte años y que a nadie la ha importado realmente.
Ella nunca ha sabido lo que es respirar con una bolsa atravesada en la
tráquea, pero si le explicaran como se siente, podría llegar a la conclusión de
que eso está pasando en estos instantes, porque de una u otra forma todo su
sistema respiratorio está complotando para intentar frenarle el paso al humo,
aunque esto implique asfixiarla. Así que tose, tan fuerte como si su alma
intentara escapar por la garganta, pero tan despacio que puede dejar
delicadamente su cigarro en el cenicero y contemplar filosóficamente como se
deteriora el cielo raso de su casa y de su vida.
—Hola ma.
Ella no escuchó la puerta porque tosía como si tuviera la garganta llena
de arena, aunque por suerte él ya se había guardado las ganas de quejarse
nuevamente de los vicios de su madre.
—Hola Julian ¿En qué te viniste?
— Me trajo Facu
Y lo piensa "maldito pendejo maricón". No sabe si el tal
Facundo en cuestión es solo amigo de su hijo o qué, ni siquiera ha recibido la
confirmación oficial de la homosexualidad de Julian, pero ella sabe que andan
en algo. El problema no es precisamente que fuera gay o que le gustara coger
cadáveres, el verdadero conflicto es que esta mujer deseaba que al menos una cosa
en toda su vida fuera normal, pero el crío le salió rarito. "Maldito
pendejo maricón" piensa otra vez.
Detrás de la frase de Julian las miradas se cruzan iniciando una batalla
más épica que la guerra de los cien años. Cualquier espectador con un poco de
imaginación vería cientos de balas, miles de pedradas, unas cuantas granadas y
hasta rayos láser futuristas atacando desde la mirada de esta mujer a la de su
hijo y viceversa. Sin embargo el instinto de preservación del joven guerrero es
mayor al deseo de vencer y huye a su
habitación, dejándole la victoria a los amarillentos ojos de ella.
Para esta mujer, ser madre implica eso: Salir del pozo depresivo al
menos por un instante para poder educar correctamente a sus hijos. El dilema de
la situación es que a ella le cuesta identificar la diferencia entre pozo,
pocito y pozote y no termina de salir nunca.
Pasado el momento maternal, ella busca ansiosa el cigarro barato que se
ha consumido casi en su totalidad sin siquiera una sola pitada. Al menos sirve
para calmar la desesperación sin sentir la culpa de gastar demasiado en
cigarrillos que ni se llegan a fumar.
El día pasa, la pila de exámenes se deshace y luego se transforma en
otra pero con los exámenes corregidos. El cenicero ya se encuentra atestado con los
cadáveres de los sueños de esta mujer. Piensa, mirando la foto de sus nietos en
el fondo de pantalla de su celular, en la época en la que la llamaban Tesorito.
Era un dulce juego de palabras que le gustaba: Teresa-tesorito. Aunque pasado
los años sabe que esas palabras mucho no tienen que ver y menos para referirse precisamente a ella.
Se hizo demasiado tarde, casi las dos de la mañana y Teresa tiene que
dar clases a las 7, pero aunque se haya acostado hace más de dos horas aún no
puede dormir. Está sumergida en
recuerdos imaginarios, cosas que ni siquiera han sucedido, como por ejemplo el
día que el padre de sus hijos le propuso matrimonio, un momento que no sería
desgarrador si hubiera sido cierto y el tipo en cuestión no se hubiera esfumado
en cuanto ella quedó embarazada de los mellizos.
Una cosa lleva a la otra, la noche se hace día mientras ella se pierde
en el sueño sin siquiera notarlo. El despertador suena anunciando las 6:30, es
tiempo más que suficiente considerando que vive justo en frente de la escuela y
que piensa ir en pantalón de pijama, como si nadie pudiera notar su
desarreglada apariencia.
En el colegio nunca la han respetado como ella esperaba, especialmente
los alumnos. No es ninguna novedad el hecho de que se burlen en su propia cara,
que se copien bajo sus propias narices y ni siquiera intenten fingir
escucharla. Si se sumara eso al hecho de que el resto de las cosas no van bien
desde hace bastante se obtendría un cóctel bastante dañino, tal como el que
esta mujer se está tomando mientras intenta dar clases. Por eso se altera y
empieza a gritar como una posesa que todos se callen, mientras las piernas se
le aflojan y los pulmones se le vacían. Es solo un instante. Un segundo y todo
el mundo está en silencio mientras uno de los alumnos corre hacía la
preceptoría para avisar que la profesora de literatura se ha desmayado.