Azul
“Corazones
profundos y fríos como el mar. Solo nadando a través de ellos conoceremos lo
que habita en sus grietas.”
Su mirada se había perdido
en las manchas de humedad que atravesaban todo el cielo raso. Una voz melodiosa
repetía “arriba, vamos, levántate.” Sin embargo, él no se quería levantar, no
quería salir de esa habitación y mucho menos de aquella cama.
El día a día no le
importaba, tampoco su trabajo, ni sus estudios, ni nada. Siempre se preguntó
que hacía estudiando una carrera que solo les gustaba a sus padres, si ni
siquiera ellos le pagaban la universidad, ni el departamento, ni las noches de
soledad. Ellos no hacían nada, pero aún él intentaba complacerlos.
A duras penas se destapó y
el frío lo abrazó tan fuertemente que un pequeño escalofrío invadió todo su
cuerpo. Era lo normal en las mañanas de
junio, pero ya no lo sentía, el frío se había hecho parte de su rutina hacía
varios meses.
“No te vayas, quédate aquí
conmigo.” La dulce vocecilla se hacía presente una vez más. ¿Y qué era esa voz?
Si es que era algo más que un cruel intento de su mente para no sentirse solo.
Volteó hacia la cama y
buscó por toda la habitación. Nuevamente había sido engañado por el deseo de
compresión y compañía. Así, una vez más se resignó a vestirse para salir a la
nada que llamaban ciudad, para luego ir a la roca donde todos crean sueños,
pero donde él los había perdido. Salió bastante desabrigado, pero no hacía
falta abrigarse. El aire se viciaba demasiado rápido en la universidad.
Fragmento de La Bruja de los Colores, una de las historias jamás contadas, una de esas que nunca escribiré
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