Blanco
“De repente nuestros abismos se
llenaron de luces ¿Te imaginas? abismos plagados de luz, plagados de estrella.”
Vi como todo giraba y se destruía al
instante. Entre las vueltas las horquillas que llevaba en el bolso se me
clavaron en el hombro; el para brisas estalló en cientos de minúsculos
cristales que se incrustaron en mi rostro, cuello, manos y toda la piel que
estaba desnuda; la portezuela del auto se hundió de tal forma que mi tórax
quedó estrangulado por el cinturón. No sé si fue una chapa o alguno más de los
vidrios que volaban por todo el auto, pero sé que algo se hundió en mi cuello y
comencé a ahogarme. Instantáneamente el tiempo mermó su paso, las luces se
hicieron más brillantes tal como si miles de estrellas hubiesen bajado del
cielo solo para contemplarnos. Miré a Miguel y le sonreí. El lloraba y creo que
también gritaba, pero no estoy segura porque un zumbido no me dejaba oír.
Creo que al final la muerte no es tan
horrorosa como dicen. El mundo se vuelve tan bello en ese preciso instante,
como si el verdadero momento para vivir estuviera por empezar. Por eso ya no
dolía nada de lo estaba pasando, tampoco sentía los gritos de Miguel o de la
gente que se acercó corriendo cuando el auto cesó de girar. Ya nada me
afectaba, ni el llanto de mi hermana en un par de días, ni los que sentirían un
leve vacío al saber que no volverían a verme ni de pasada. Al fin y al cabo
sucedía lo que me aterraba provocar, la última cosa que quise estaba
funcionando. Por eso no pude evitar sonreírles a las personas que horrorizadas
trataban de ayudarnos. No pude evitarlo porque yo estaba feliz.
Fragmento de la Bruja de los colores, una de las historias jamás contadas, una des esas que nunca escribiré
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