lunes, 12 de septiembre de 2011


Adolescencia: ingrato adiós
lunes, 22 de agosto de 2011
MORIR ES ABANDONAR LA VIDA, CRECER ES MORIR CADA DÍA.

El solo hecho de saber que debía participar nuevamente del mismo funeral, la aterraba. ¿Acaso no había mayor sufrimiento que ver al amor de su vida, adentro de un féretro, como para tener que sufrir el segundo velatorio de su amado, en menos de seis semanas? La respuesta era insospechadamente lógica, pero Lucinda se resolvía a no contestarla.
A medida que llegaban los amigos y familiares, el dolor la atacaba generosamente. Uno a uno, le recordaban la trágica muerte, y los recuerdos más felices, del difunto.
Todos profanaban tan triste reunión, criticando la corta vida del difunto, la desgracia de la viuda, o simplemente la vida ajena. Siempre olvidan que su propia vida ya es una desventura para la población.
Mientras pasaban las horas, Lucinda iba depositando en el cajón, poco a poco, los restos del cadáver. Todo era recuerdos. Sus oídos reflejaban las canciones que alguna vez escucho; los brazos, cada momento en que fue contenida, cada reencuentro, cada despedida; y aquella boca, mostraba cada sonrisa, que le arrebataron durante el camino del aprendizaje. Contra más se desprendía de aquello, mas lloraba, y deseaba con fervor que nunca llegara la hora del entierro. Que el reloj nunca marcara el momento de cerrar el cajón, y dejara todo eso atrás.
Todos observaban con atención. Nadie osaba, siquiera, ir en su ayuda. Lucinda debía,  cortar el lazo que la unía a la etapa mas feliz de su existencia, y cerrar el cajón. Lo que nunca nadie pensó fue escuchar palabras tan llenas de amor, y desesperanza, por un hecho que era normal para la humanidad: “ahí… adolescencia mía. Una vez más debo vivirte para olvidar a mi fiel amado. Una vez más debo cerrar el cajón de mi adorada niñez para reencontrarme en el mundo de los hombres. Oh eterno alago ¿Por qué debo desprenderme de ti, si me diste los mejores momentos de mi corta vida? No quiero olvidarte; no quiero desprenderme de tu significado; pero sobre todo no quiero perderte al madurar.” Entre lágrimas, ella cerró el cajón; y toda esa gente, que marcaban prejuicios, empezó a marcharse, dejando el lugar lleno de  sus criticas silenciosas. Ya no podría acurrucarse en os brazos de su madre, ni esperar que su padre la legrara alzándola. Solo le quedaba seguir adelante, sufriendo durante un largo tiempo ese cruel duelo que el mundo denomina adolescencia.

1 comentario:

  1. No podría estar más de acuerdo contigo ;)
    Me ha gustado mucho, te hace sentir acompañado, no por el hecho de saber que no eres el único que sufre (eso es malévolo) sino por el hecho de saber que todos estamos a bordo del mismo barco.

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