Adolescencia:
ingrato adiós
lunes, 22
de agosto de 2011
MORIR ES ABANDONAR
LA VIDA, CRECER ES MORIR CADA DÍA.
El
solo hecho de saber que debía participar nuevamente del mismo funeral, la
aterraba. ¿Acaso no había mayor sufrimiento que ver al amor de su vida, adentro
de un féretro, como para tener que sufrir el segundo velatorio de su amado, en
menos de seis semanas? La respuesta era insospechadamente lógica, pero Lucinda
se resolvía a no contestarla.
A medida
que llegaban los amigos y familiares, el dolor la atacaba generosamente. Uno a
uno, le recordaban la trágica muerte, y los recuerdos más felices, del difunto.
Todos
profanaban tan triste reunión, criticando la corta vida del difunto, la
desgracia de la viuda, o simplemente la vida ajena. Siempre olvidan que su
propia vida ya es una desventura para la población.
Mientras
pasaban las horas, Lucinda iba depositando en el cajón, poco a poco, los restos
del cadáver. Todo era recuerdos. Sus oídos reflejaban las canciones que alguna
vez escucho; los brazos, cada momento en que fue contenida, cada reencuentro,
cada despedida; y aquella boca, mostraba cada sonrisa, que le arrebataron
durante el camino del aprendizaje. Contra más se desprendía de aquello, mas
lloraba, y deseaba con fervor que nunca llegara la hora del entierro. Que el
reloj nunca marcara el momento de cerrar el cajón, y dejara todo eso atrás.
Todos
observaban con atención. Nadie osaba, siquiera, ir en su ayuda. Lucinda
debía, cortar el lazo que la unía a la
etapa mas feliz de su existencia, y cerrar el cajón. Lo que nunca nadie pensó
fue escuchar palabras tan llenas de amor, y desesperanza, por un hecho que era
normal para la humanidad: “ahí… adolescencia mía. Una vez más debo vivirte para
olvidar a mi fiel amado. Una vez más debo cerrar el cajón de mi adorada niñez
para reencontrarme en el mundo de los hombres. Oh eterno alago ¿Por qué debo
desprenderme de ti, si me diste los mejores momentos de mi corta vida? No
quiero olvidarte; no quiero desprenderme de tu significado; pero sobre todo no
quiero perderte al madurar.” Entre lágrimas, ella cerró el cajón; y toda esa
gente, que marcaban prejuicios, empezó a marcharse, dejando el lugar lleno
de sus criticas silenciosas. Ya no
podría acurrucarse en os brazos de su madre, ni esperar que su padre la legrara
alzándola. Solo le quedaba seguir adelante, sufriendo durante un largo tiempo
ese cruel duelo que el mundo denomina adolescencia.
No podría estar más de acuerdo contigo ;)
ResponderBorrarMe ha gustado mucho, te hace sentir acompañado, no por el hecho de saber que no eres el único que sufre (eso es malévolo) sino por el hecho de saber que todos estamos a bordo del mismo barco.