La excitación se hacía presente, la multitud miraba con ojos
hambrientos. Los más pobres y desvalidos se relamían viendo el espectáculo, los
más acomodados simulaban piedad. La ansiedad del público crecía desmedidamente,
los murmullos se volvían lejanos gritos que ensordecían al actor. El olor a
madera podrida enloquecía a todos los espectadores. De repente un movimiento
rápido de muñeca devolvió la paz. La cabeza de la reina había rodado, dejando
un camino de sangre hacía su cuerpo.
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